Europa, históricamente referente mundial en seguridad alimentaria y calidad, se encuentra en una encrucijada decisiva en materia de innovación agroalimentaria. Mientras el Viejo Continente avanza con prudencia, otras regiones del mundo apuestan con determinación por nuevas tecnologías y modelos disruptivos, ganando terreno en un contexto global cada vez más competitivo.
Si bien es cierto que la resiliencia y el esfuerzo de los productores europeos son innegables, la falta de inversión en I+D y la lentitud de los marcos regulatorios están frenando la competitividad del sector. Además, la evolución de los hábitos de consumo, donde el precio prima cada vez más sobre la calidad, dificulta la apuesta por alimentos innovadores y sostenibles. Así se evidenció en la reciente jornada de la campaña “Si Yo No Produzco, Tú No Comes”, en la que Daniel Ramón, investigador de la Universidad Cardenal Herrera (CEU), subrayó la urgencia de modernizar el sector para no quedarse atrás.
¿Por qué Europa pierde impulso? La regulación restrictiva de la Unión Europea mantiene una postura excesivamente cautelosa ante tecnologías clave como la edición genética (CRISPR), mientras que otros países ya las aplican a escala industrial, obteniendo variedades agrícolas más resistentes y saludables.
La inversión insuficiente también limita el desarrollo: el sector agroalimentario europeo destina menos del 0,5 % de su facturación a I+D, muy por debajo de otras regiones líderes. El 85 % de las pymes agroalimentarias no realiza investigación propia.
La falta de relevo generacional agrava el problema: la escasa incorporación de jóvenes limita la adopción de nuevos modelos de negocio y tecnología, agravando el envejecimiento del sector.
La fragmentación y la burocracia siguen siendo obstáculos importantes. Aunque existen iniciativas de colaboración internacional, la fragmentación y la burocracia dificultan la transferencia de conocimiento y la escalabilidad de soluciones innovadoras.
El contraste global
Mientras Europa titubea, otras regiones aceleran su transformación. Estados Unidos ha anunciado inversiones millonarias en biotecnología y fermentación de precisión, con el objetivo de crear cientos de miles de empleos y liderar la próxima revolución alimentaria. Solo en fermentación de precisión, prevén la creación de hasta un millón de empleos para 2035.
China impulsa ambiciosos programas de investigación genómica y cuenta con universidades punteras en ciencia y tecnología alimentaria. El Banco Nacional de Datos Genómicos ha secuenciado más de 100.000 especies, y la industria biotecnológica crece a ritmo acelerado.
En Latinoamérica, el auge de startups y la cooperación internacional están facilitando la adopción de soluciones innovadoras para garantizar la seguridad alimentaria y avanzar hacia modelos más sostenibles.
El futuro del sector pasa por integrar tecnologías como la inteligencia artificial, la biotecnología, la fermentación de precisión, la genómica, la robótica y la nanotecnología. El paradigma de las ciencias de la vida integradaspropone innovar a través del conocimiento científico-tecnológico para optimizar toda la cadena agroalimentaria, un potencial aún muy poco desarrollado en Europa.
Qué hace falta para no perder el tren
Europa necesita un marco regulatorio ágil y basado en la ciencia, que permita probar y adoptar nuevas tecnologías sin comprometer la seguridad y la sostenibilidad. Es fundamental aumentar la inversión en I+D y fomentar la formación de talento joven, fortaleciendo la colaboración entre administraciones, empresas y centros de investigación. También es clave reconocer y apoyar a los productores, asegurando que la innovación llegue a toda la cadena agroalimentaria y no solo a las grandes corporaciones. Además, es necesario abordar los retos demográficos y de sostenibilidad, como la escasez de agua, el desperdicio alimentario y el envejecimiento de la población, con soluciones innovadoras y sostenibles.
El continente tiene ante sí la oportunidad de liderar la transición hacia una agricultura y una alimentación más innovadoras, sostenibles y resilientes. Para lograrlo, debe dejar atrás miedos y resistencias y mirar hacia adelante con la ambición que ya demuestran otras regiones. No hacerlo supondría depender, una vez más, de soluciones importadas en un ámbito tan estratégico como el alimentario.